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lunes, 21 de enero de 2013

23-Por la carretera austral

FUTALEUFÚ, CHILE, lunes 21 de enero de 2013

Partimos de Colhayque a las 8 de la mañana, con nuestro pasaje comprado previamente  en “Buses Daniela”. El viaje sería largo, lo sabíamos, pero se nos hizo interminable, aun con la belleza del paisaje circundante. Habíamos permanecido un día y medio en Coyhaique casi contra nuestra voluntad, puesto que al llegar desde Río Tranquilo, no resultó imposible conseguir boletos hasta Futaleufú. Sin embargo, allí estábamos, con el alemán a quien había conocido en el trayecto El Chlatén-Los Antiguos y con quien veníamos compartiendo nuestros días de viaje por la patagonia.


Se ha cumplido ya un año, vale aclarar, desde este viaje que hoy relato, y mi amigo Johannes ha tenido tiempo para volverse a Alemania, concluir su ciclo lectivo universitario y volver a visitar la Argentina, oportunidad que aprovechamos para reencontrarnos y rememorar nuestros días por el sur argentino y chileno en una magnífica tarde. Si algo agradezco a Dios, entre tantas cosas, es la posibilidad de reencontrarme con aquellos amigos conocidos durante los viajes, a quienes reencontrar alguna vez parece algo muy remoto. Afortunadamente, Johannes pasa a estar en la lista de mis compañeros de viaje con quienes me he reencontrado y quiso el destino que fuese hace tan solo unas horas, mientras escribo estas líneas sobre el viaje con él compartido.

Y volviendo a nuestro recorrido por la carretera austral, a poco de partir de Colhayque hicimos nuestra primera parada en un mirador cercano a la Reserva Nacional Río Simpson donde pudimos apreciar cómo saltaban los salmones desafiando a la corriente de un río de aguas de colores celestes y esmeraldas.





Pasado el mediodía, recién estábamos a mitad de camino, y el micro se detuvo media hora en Puyuhuapi, un pueblo ubicado sobre el extremo norte del fiordo del mismo nombre. Allí almorzamos algo rápido y tomamos algunas fotografías. Cuando se acercó la hora de retomar el viaje,  me quedé a una cuadra del bus junto a unas señoras que viajaban con nosotros, esperando bajo la sombra ya que el calor era tórrido, y realmente uno no sabía donde pararse sin morir calcinado.

















Después paramos en un pueblo, y luego en otro, y parecía que cada vez hacía más calor. Los pasajeros bajaban, otros nuevos subían y nosotros seguíamos allí, no viendo la hora de acabar aquel viaje, agotador, por más bonito que fuera. Hasta que por fin, pasadas las cinco de la tarde, llegamos a Futaleufú, y después de averiguar precios en dos o tres hostels, decidimos quedarnos ahí mismo, donde nos había dejado el bus, en un hostel a media cuadra de la plaza. Había dos habitaciones compartidas, totalmente repleta de israelíes, y después de un breve paseo por la plaza y alrededores, Johannes y yo terminamos la noche tomando unas cervezas con los israelíes hasta que el cansancio pudo más (en mi caso también el aburrimiento ya que no les entendía un comino a nuestros compañeros de cuarto), y fuimos los primeros en irnos a dormir.


Por la mañana temprano, los israelitas que estaban en nuestro cuarto estuvieron dos horas emitiendo molestos ruidos mientras armaban su equipaje. Nosotros sólo intentábamos seguir durmiendo pero ellos hasta tuvieron la delicadeza de gritarnos ¡CHAU! Cuando se fueron. A aquella altura ya estábamos completamente despabilados y no quedó otro remedio que levantarse para emprender la única caminata que tenía previsto hacer en Futaleufú, y la última de todo el viaje: el mirador Piedra del Águila. Allá nos fuimos, caminando tranquilos, ya que el camino era plano y por momentos en bajada. Sólo me deprimía pensar en que más tarde debería enfrentar las subidas.




Nos internamos en un valle y al cabo de media hora, la planicie se despidió de nosotros para dar lugar a la montaña. Empezamos a subir,  y al cabo de un rato, el atlético Johannes decidió seguir por su cuenta para no tener que estar esperando en cada uno de mis múltiples descansos. Cada rinconcito de sombra, que no eran muchos, se transformaba en una parada obligatoria. Y así, pasito a paso, mientras Johannes me saludaba desde las alturas, me fui acercando a la cumbre. En la última etapa ya estaba muy cansado y me insultaba a mí mismo por seguir haciendo trekking cuando ya me había prometido no hacerlos más. Varias veces me senté con la idea de no continuar, pero cuando recuperaba algo de aliento y energía continuaba unos pasos más. Y así llegué a la cumbre del mirador. La sorpresa: Johannes no estaba allí, ni se lo veía en ninguna parte. ¿Adónde había ido a parar mi amigo el alemán? Sólo Dios lo sabía, pero era lo bastante inteligente, astuto e intrépido como para no perderse en medio de un valle. Al menos eso creía yo.





domingo, 20 de enero de 2013

22-Reserva Nacional Coyhaique


COYHAIQUE, CHILE, domingo 20 de enero de 2013

En la mañana de aquel domingo, el supermercado rebosaba de gente, y perdimos buena parte de ella en comprando cosas y haciendo filas en la caja, así que ya era casi el mediodía cuando empezamos a caminar rumbo a la Reserva Nacional Coyhaique, ubicada a unos 5 kilómetros del límite urbano. Al principio, debimos caminar por una carretera, la que va a Puerto Aysén, pero después el camino continuaba por una montaña y no había un solo cachito de sombra que alivianase un poco el calor. El sol pegando sobre la cara y la piel se estaba poniendo insoportable. Tanto que Johannes y yo subíamos en silencio, solo nuestras respiraciones agitadas cortaban aquel mutismo, hasta que, echando un vistazo a una de las fincas que se veían desde allá arriba, el alemán, con su acento tan particular, exclamó: “¿Por qué carajo construyen casas tan lindas en la loma del orto?”.


Después de abonar el ticket de ingreso, nos internamos en la reserva. Un sendero perfectamente delineado nos conduciría hasta la Laguna Verde, donde teníamos planeado almorzar los sanguchitos y los huevos duros que habíamos llevado. La mayor parte del camino era en subida, y como en la mayoría de los bosques patagónicos, uno puede cargar agua fresca en su botellita cada vez que se encuentra con arroyito, cascada o corriente de agua.



Atendiendo a mi edad, a mi estado físico y a mi vicio de fumador, Johannes aminoró su marcha y se acopló a mi ritmo, mucho más lento que el suyo. El alemán apenas tenía 25 años y era un eximio deportista. Y se detuvo en cada uno de mis descansos, que a decir verdad no fueron tantos (paramos solamente en un par de miradores). 

El sendero está rodeado de vegetación, y lo hubiésemos disfrutado mucho más si no fuera porque todo el camino nos persiguieron unos horribles tábanos que amenazaban con introducirse en cualquiera de los agujeros de nuestro cuerpo. No recuerdo si ya anteriormente he comentado esto pero los tábanos fueron la pesadilla de la patagonia. Prácticamente en todos los trekkings que realicé por allá tuve que lidiar con ellos. Pero si hubo dos sitios donde estos bichos se volvieron sumamente insoportables fue en las caminatas que hice en El Chaltén, y aquí en Coyhaique.




A tal punto nos torturaron los tábanos que cuando al cabo de dos horas de caminata llegamos a la Laguna Verde, dimos una vuelta completa alrededor de ella buscando un buen sitio donde establecernos para hacer nuestro picnic, pero fue imposible. Los asquerosos insectos estaban por todas partes y se posaban sobre el fiambre cuando uno estaba a punto de llevárselo a la boca, a riesgo de quedarse pegados en la mayonesa y acabar luego volando dentro de nuestros estómagos.


Johannes quiso seguir caminando y yo decidí quedarme allí, buscando algún lugar decente donde sentarme y comerme un sanguchito, pero eso no fue posible. Pese a que me unté con repelente y a que traté de ubicarme cerca del humo que echaban unas parrillas cercanas. Estaba totalmente malhumorado, había olvidado mi cámara de fotos, tenía demasiado calor, estaba cansado y para colmo aquella laguna no me parecía la gran cosa, mucho menos después conocido lugares tan increíbles como los que había visto hasta el momento, así que me volví, comiendo mis sanguchitos mientras agitaba un pañuelo para espantar a los tábanos. La gorrita y las gafas era obligatorias, por el sol, pero principalmente para que los insectos no se me metieran en los ojos ni se me enredaran en el pelo.

Caminé a paso lento hasta la entrada de la reserva, esta vez, en camino descendiente, mucho más fácil, y flor de sorpresa me llevé cuando, apenas habiendo salido de la reserva, escuché unos pasos detrás de mí: era Johannes, que había realizado en solo una hora, una caminata que supuestamente llevaba casi dos. Todo un récord. Mientras descendíamos de vuelta a la ciudad, un huevo duro se le cayó a Johannes de la mano y el mismo rodó y rodó cuesta abajo por la calle mientras él lo perseguía y yo me mataba de risa. Finalmente, el alemán le ganó al huevo y consiguió frenarlo, deteniéndolo con sus pies. El huevo quedó completamente cubierto de piedritas como una milanesa, pero Johannes lo lavó con agua de una botella y se lo morfó igual.


Ya llegando a la ciudad, mis pulmones no querían saber más nada de trekking. Estaba demasiado agitado, y detenerme a descansar implicaba soportar el espeluznante sol que rajaba la tierra. Esta vez, Johannes se adelantó y me esperó en la plaza mientras yo caminaba a duras penas las pocas cuadras que me quedaban. Me tomé un merecido helado, y poco después cayó la tarde. Aquella noche me encontré en una esquina con los dos israelitas que me habían convidado un café turco después de partir de El Chaltén. Esta vez me dormí temprano, puesto que a la mañana siguiente debíamos abordar temprano el bus que nos llevaría hasta Futaleufú, tras un viaje de más de diez horas.


NOTA: Las fotos de la Reserva Nacional Coyhaique pertenecen a Johannes, ya que, como lo mencioné, yo había olvidado mi cámara. 
















sábado, 19 de enero de 2013

21-Coyhaique... ¿Cómo nos vamos de aquí?

PUERTO RÍO TRANQUILO, CHILE, sábado 19 de enero de 2013


Río Tranquilo fue sin duda el lugar que más me gustó de toda la patagonia chilena, pero el viaje debía continuar, y entonces, por la mañana, después del desayuno, y todavía con sueño, partí con mi amigo Johannes rumbo a Coyhaique, para seguir desde allí hasta Futaleufú. Los americanos, en tanto, compartieron el viaje con nosotros, pero se quedarían en Coyhaique. Su plan consistía en abordar un barco que los llevaría por el Pacífico hasta la capital chilena.



El viaje desde Río Tranquilo hasta Coyhaique se hizo bastante largo. Fueron más de 200 kilómetros por caminos de ripio. Menos mal que los paisajes  acompañaban muy bien y aunque me lo pasé durmiendo la mayor parte del viaje, pude ver lagos, bosques, cerros nevados y otros prodigios de la carretera austral que jamás hubiese visto, si hubiera llegado Esquel por el lado argentino, pues de aquel lado solo hay desierto, pura estepa patagónica, algo que ya había visto durante horas mientras viajaba desde El Chaltén hasta Los Antiguos.


Por la tarde llegamos a Coyaique, una ciudad repleta de rosas, y nos despedimos de los tres americanos, a quienes no volveríamos a ver. El micro nos dejó a unas cuadras de la Terminal de ómnibus, ya que cuando nos vendieron los pasajes en Río Tranquilo nos los habían dejado a muy buen precio, y esto era porque seguramente entre el chofer y el vendedor se quedarían con el dinero, sin declararlo a la empresa, entonces no podían dejarnos en la Terminal como hubiese correspondido. Todo esto me lo explicó el hombre que nos vendió el pasaje aclarándome que me daba aquella explicación a mi solo porque los gringos no iban a comprender ni una palabra.

El asunto es que nos costó bastante encontrar la Terminal. Caminamos dos cuadras para un lado, dos cuadras para el otro, pero ni rastros. Para colmo estaba lleno de diagonales y la gente a la que preguntábamos nos desorientaba todavía más. Cuando al fin la encontramos, supimos que ninguna empresa de transportes tenía pasajes a Futaleufú al menos hasta el lunes, por lo cual deberíamos pasar aquel día y también el siguiente en Colhayque.

Alguien nos mandó a un lugar cerca del cuartel de bomberos, donde había una empresa de transportes que hacía viajes a Futaleufú. Así que nuevamente cargamos las mochilas y atravesamos el centro. Consultamos en un puesto de información turística, y la información era la misma. Ahí, mientras la chica me orientaba, Johannes siguió caminando y lo perdí de vista. Seguí caminando, unas cinco cuadras, preguntando a todo el mundo donde quedaba el cuartel de bomberos y me reencontré con Johannes que venía caminando por la calle opuesta. 

En el sitio adonde nos habían mandado no parecía haber ninguna empresa de transporte. En la puerta, un muchacho que pasaba caminando nos prestó su celular y llamamos por teléfono. Nos confirmaron que aquello no era un empresa, y que nos fijásemos en el cartel de la puerta. Y en efecto, había allí un cartel con un número de teléfono donde se indicaba que se hacían viajes a Futaleufú. Llamamos a ese número y un hombre nos respondió diciéndonos que recién habría posibilidad de viajar durante la semana, pero que tenía un amigo que probablemente saliera el día siguiente hacia Futa. Nos pasó su número. Como no podíamos utilizar nuestros teléfonos celulares en Chile, intentamos llamar varias veces desde una cabina, luego desde otra, y luego desde el puesto de información turística, donde la encargada nos permitió usar el teléfono, pero nadie respondía, así que, cansados de recorrer la ciudad, a la que ya conocíamos casi al detalle, con nuestras mochilas a cuestas, chorreando transpiración y bajo el rayo del sol, seguimos caminando, mapa en mano, pero esta vez en busca de hospedaje. Nos quedamos en un hostal bastante económico, a unas seis cuadras del centro.

A aquella altura, irnos de Coyhaique era más un capricho que otra cosa. Pensamos que después de todo, no sería tan dramático pasar el domingo en aquella ciudad que parecía bastante tranquila y donde había posibilidad de hacer algunos trekkings. Y como caminar era nuestro destino, nos fuimos hasta la otra punta de la ciudad, a una casa donde una señora nos vendió los pasajes a Futaleufú para salir el lunes por la mañana. Daniela se llamaba la señora, y para cualquier viajero desprevenido como nosotros que ande por allí se la recomendamos: Buses Daniela, a media cuadra del cementerio. Después, a comer algo y obsequiarnos aquello por lo que desfallecíamos: una Coca-Cola.

Llegada la noche, nos preparamos una patética ensalada, que igual comimos con muchas ganas, y como Johannes se acostó temprano, yo me fui a dar una recorrida nocturna por la ciudad. El problema fue que al regresar me llevó más de una hora encontrar el hostal. Preguntando aquí y allá (por suerte era sábado y en las calles había bastante gente), conseguí llegar. Al día siguiente iríamos a conocer la Reserva Nacional Coyhaique, pese a que yo ya estaba más que cansado de subir montañas, y cada vez que me iba de una ciudad prometía que ya no haría más trekking. Esas promesas que uno se hace a sí mismo aun sabiendo que no las va a cumplir.



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