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lunes, 27 de diciembre de 2010

6-De San Ignacio a Puerto Iguazú


Puerto IguazúArgentina — lunes, 27 de diciembre de 2010

Luego de visitar la casa del escritor Horacio Quiroga, me fui a conocer las ruinas de las Misiones Jesuíticas de San Ignacio Miní. Ya había estado la noche anterior observando el espectáculo de luces y sonidos, pero este sólo me permitió “imaginar” cómo sería el interior de la Misión, completándolo con imágenes que había visto cientos de veces por TV.
En la entrada hay un museo en el que es aconsejable ingresar antes de visitar las ruinas que se encuentran detrás del él. En el museo se obtiene la información básica sobre la región, sobre los jesuitas y fundamentalmente sobre la cultura guaraní, lo cual resulta necesario para interpretar con mayor claridad las ruinas de lo que fueron estas Misiones jesuíticas erigidas en el siglo XVII.
El calor en aquellos días no cesaba, y es importante, para estas fechas, asistir al lugar con algo con que cubrirse la cabeza, de lo contrario, es casi imposible realizar el paseo, ya que en la parte central de las ruinas no hay nada de sombra, y lleva su tiempo recorrerlas.

El lugar está muy bien cuidado, en cada sector de las ruinas hay unas máquinas donde con sólo pulsar un botón en la lengua que uno desee (español, inglés o portugués), un locutor oficia de guía virtual y da una sencilla pero contundente explicación sobre lo que uno está observando en aquel momento.
Es interesante comparar las diferencias entre unas y otras reducciones jesuíticas. En sólo dos días ya había podido visitar tres, y cada una de ellas, con características sumamente diferentes.

Cuando no aguanté más los rayos del sol, me senté entre los árboles a contemplar el paisaje, y más tarde compré en un restaurante ubicado frente a la reducción donde compré algo de comida para llevar. Almorcé en el hostel, y luego de preparar mis cosas le solicité Graciela, la dueña, que me pidiera un remís. Por suerte Graciela tenía toda la información disponible en cuanto a precios, horarios de transportes, etc.
Después de despedirme de mis compañeros de hostel, me subí al remís que me dejó en la Terminal donde tomé el micro con destino Puerto Iguazú. No recuerdo el nombre de la empresa pero hay varias en la Terminal de Posadas y todos costaban alrededor de 50 pesos, poco más, poco menos, y salen bastante seguido, con una media hora de diferencia.

Al cabo de 5 horas llegué a aquella punta de mi Argentina, con las mochilas a cuestas fui directamente al hostel Che Lagarto donde cobraban 50 pesos, pero decidí dar una vuelta para ver si conseguía algún otro hospedaje más económico en los alrededores. Y efectivamente, a una cuadra de allí conseguí un cuarto compartido (que hasta el momento estaba vacío) por el que me pedían sólo 42 pesos. Pero dado que venía soportando un duro calor, decidí hospedarme en el Che Lagarto que tenía piscina. Tomé un cuarto grande (como para 10 personas), me di una ducha y salía a pasear por Puerto Iguazú, ya que había estado dos veces en las cataratas pero no había tenido oportunidad de conocer la ciudad.
Por la misma calle del hostel (Avda. Brasil), caminé dos cuadras y me topé con una serie de bares con mesas en plena calle donde servían todo tipo de picadas y donde además había un show musical callejero. Decidí cenar allí, y después de caminar un poco por la ciudad, me fui a dormir. O al menos hice el intento, ya que aquella noche comenzó lo peor de este viaje.

ALGUNOS PRECIOS
-Ticket de ingreso a la Casa de Horacio Quiroga: $ 7
-Ticket de ingreso a las ruinas de San Ignacio $ 20
-Almuerzo: 1 hamburguesa completa + papas fritas+ 1 gaseosa de medio litro: $ 15
-Remís a la Terminal: $ 10
-Bus San Ignacio-Puerto Iguazú: $ 50
-Hostel Che Lagarto: $ 50
-Cena: 3 empanadas + cerveza: $ 15

Mirá los videos de este capítulo:
http://vimeo.com/22043707
http://vimeo.com/22102031




5-Casa de Horacio Quiroga


San IgnacioArgentina — lunes, 27 de diciembre de 2010

Me levanté cerca de las 9 para ir a conocer la casa de mi tocayo, el escritor Horacio Quiroga, un personaje a quien desde chico conocí a través de sus “cuentos de la selva”. El brasilero que me había acompañado a cenar tenía absoluta razón: iba a morirme de calor, y la casa de Quiroga cada vez me iba a parecer más lejana. Si bien solamente quedaba a unas 12 cuadras del hostel, cuando me alejé del centro de la ciudad comencé a ver carteles indicadores que decían: “Casa de Quiroga-a 400 metros”, y luego de esos 400 metros lo único que uno conseguía hallar era otro letrero con idéntica leyenda.

Finalmente llegué a la casa del famoso escritor de origen uruguayo Horacio Quiroga (1878-1937), el autor de “Cuentos de la selva”, “Cuentos de amor, de locura y de muerte”, “La gallina degollada” y tantas obras magníficas de la literatura que había conocido en mi infancia y que seguiría leyendo mucho después en la Universidad.

Estaba a 50 metros de la entrada cuando dos chicos, uno de unos 17 años, y el otro no superaba los 12, llegaron en una moto. El más grande, le ordenó al chiquito que trajese rápido una mesa, y allí, bajo la sombra de un árbol improvisaron la recepción. Evidentemente se les había hecho tarde. Me habían dicho que la casa-museo habría sus puertas a las 9 de la mañana y acababan de dar las 10. Luego de descansar unos minutos y comprar el ticket de ingreso ($ 7) entré por donde los chicos me lo señalaron. La primera parte del recorrido consiste en unos senderos de interpretación, en medio de la selva, en los que se encuentran una serie de carteles con fotografías e información sobre la vida del escritor, intensamente ligada a tragedias y todo tipo de accidentes mortales dignos de un culebrón.

El sendero finaliza en un parque con vista al Río Paraná y a la costa paraguaya, sobre el que se encuentran las dos casas. La más antigua es en realidad una réplica de la original, y fue construida a imagen y semejanza de aquella por la producción de la película “Historias de amor, de locura y de muerte”, rodada allí mismo en 1994 y que trata sobre la vida del escritor.

La otra vivienda, más moderna, es la segunda construida por el escritor, y allí se expone mobiliario que fuera de su pertenencia, sus colecciones de insectos y objetos personales. A aquella hora no había nadie en el lugar, y sólo los sonidos de los pájaros irrumpen en la casa, y uno consigue entonces entender la inspiración de este hombre que en aquel páramo, a principios del siglo XX, escribía aquellas historias que formarían parte de nuestro patrimonio cultural, mientras contemplaba la calma del Paraná.

En los fondos de la casa de encuentra el taller en el que se exponen sus herramientas, y una serie de cuadros en los que se ilustra su vida  y su obra. El único punto en contra es que los baños se encuentran totalmente derruidos, ya que fueron aplastados por lo árboles y sus techos y parte de sus muros cayeron a raíz de una feroz tormenta. Esperemos que las autoridades los reconstruyan a la brevedad.















domingo, 26 de diciembre de 2010

4-San Ignacio Miní


San IgnacioArgentina — domingo, 26 de diciembre de 2010

Llegué a San Ignacio con la dirección de un hostel que había obtenido en Internet, anotada en un papelito. En la Terminal, pregunté si quedaba lejos, y como apenas eran unas seis cuadras desde allí, decidí ir caminando y ahorrarme el taxi.
Lo que no tuve en cuenta fue que el dato que aparecía en la web tenía una antigüedad de dos años. Cuando me iba acercando al domicilio especificado en el papelito divisé un patrullero que se detuvo unos cien metros delante de mí, del cual descendieron dos gendarmes que ingresaron a una casa y salieron minutos después. El patrullero arrancó en el momento en que yo llegaba al lugar, y era precisamente el mismo sitio en el que habían ingresado los gendarmes y del cual se estaban retirando.

La casa, de estilo colonial se veía bastante abandonada por fuera, y no había ningún letrero que indicara que allí se hospedaba a turistas. Golpeé la puerta que estaba entornada y se abrió por sí sola. Solamente avancé un paso y lo que observé allí fue determinante para no permanecer más de diez segundos: un par de colchones tirados en el suelo, muñecas de plástico rotas, entre otros juguetes, platos de plástico y todo tipo de utensilios y objetos decoraban el paisaje abrumador. Indudablemente allí había alguna especie de asentamiento, era algo así como una casa tomada, no comprendía bien la presencia de los dos gendarmes en ese lugar, y preferí no comprender. Continué caminando por la misma calle, en la que no había muchas casas, y tampoco había personas caminando por allí. Me sentía el único loco, con dos mochilas y dos cámaras colgando sin saber adonde ir en San Ignacio y con más de 30 grados de calor.
Al llegar a una esquina, encontré a una familia tomando mate en la vereda y les pregunté si conocían algún hostal económico. Me indicaron que continuase caminando por ese asfalto hasta las ruinas y que después de seguir una cuadra más doblase a la derecha. Así llegué hasta el hostal El Jesuita donde Graciela, la dueña me atendió con su bebé en brazos y le rogué que me dijese que tenía una cama disponible.
Afortunadamente así fue. Graciela me explicó en detalles todas las actividades que podía realizar en San Ignacio, e incluso me recomendó algunos lugares donde comer.

El hostal era pequeño, apenas dos habitaciones y un baño compartido, pero absolutamente cómodo, con una biblioteca y películas relacionadas con la provincia de Misiones y con las misiones jesuíticas guaraníes.
Graciela me presentó a los que se hospedaban allí: un matrimonio europeo, una pareja de españoles, una francesa y un brasilero de edad avanzada con quien trabé amistad enseguida. Sin duda alguna, debo haber sido brasilero en otra vida ya que siempre termino trabando amistad con personas del país vecino.
El brasilero, cuyo nombre lamentablemente olvidé, fue conmigo a ver el espectáculo nocturno de luces y sonidos en las ruinas de San Ignacio, a solo dos cuadras del hostal.

La experiencia fue fascinante y sobretodo me alegré de haber ido aquella noche sin conocer las ruinas, ya que al estar en plena oscuridad en un lugar en el que jamás había estado antes, el factor sorpresa se intensificó. Decenas de guaraníes comenzaron a aparecer ante nuestros ojos, por delante, por detrás, hacia los costados, mientras una voz en off relataba la historia de aquel sitio impactante. Los efectos están tan bien logrados que uno tiene la sensación de que no son imágenes sino actores los que se visualizan.
Luego de aquella experiencia sensacional, fuimos a cenar a un restaurante cercano. En realidad, el brasilero ya había cenado pero me acompañó y compartimos mucha información ya que el destino final de su viaje era Buenos Aires, y yo terminaría aquella semana en Brasil, por lo cual su compañía me sirvió también para entrenar un poco mi portugués.

PRECIOS ORIENTATIVOS:
Hostal El Jesuita: $ 40 la habitación compartida.
Espectáculo nocturno en las ruinas: $ 20 para argentinos.
Cena (una suprema con ensalada, fritas y gaseosa) $ 23


Mirá el video de este capítulo:


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